Una abogada de inmigración lucha por los derechos de los refugiados

De voluntaria a abogada, Linda Rivas lucha en la batalla cuesta arriba de las reformas de inmigración.

Arriba: Empleados de Las Americas enfrente un mural por Cimi Alvarado afuera de la oficina.

Ilustraciones por Brian Herrera/Borderless Magazine

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Linda Rivas sueña con un futuro en el cual su trabajo ya no es necesario. La directora ejecutiva de Las Americas Immigrant Advocacy Center—una organización ubicada en Texas que ayuda a inmigrantes de bajos recursos—es también una inmigrante. Cuando era joven, Las Americas le brindó ayuda a algunos miembros de su familia, inspirándola a ayudar a las comunidades necesitadas. Hoy en día, ella se dedica a brindar asistencia legal a inmigrantes que están en centros de detención en El Paso.


Nací en Pachuca, Hidalgo. Mi padre era mexicano y mi madre era una ciudadana americana. Cuando tenía cuatro años nos fuimos a El Paso y conseguí mi ciudadanía. Mi mamá logró conseguirme a mí y a mi padre nuestra ciudadanía americana por sí sola. No contrató ningún abogado.

En los 90s, algunos miembros de mi familia recibieron ayuda de Las Americas y eso cambió sus vidas. Eso siempre se me quedó grabado. Me acuerdo de que decían cosas como “Le tenemos que llevar esto a la abogada”. Y me acuerdo de eso cuando nos hablan nuestros clientes; a veces están muy estresados y desesperados porque últimamente hay muchos cambios en la política. Gestionar lo que están pasando es algo que está muy cerca de mi corazón porque mi familia también pasó por todo eso. Así que, poder volver y ser parte de esto para mí es un sueño hecho realidad.

Me intrigaba mucho como la abogada de mi familia tenía tanto poder de cambiar sus vidas. Y yo quería ser alguien que ayudara a familias como la mía. Decidí ir a la escuela de leyes, y busqué oportunidades de voluntariado. En la universidad no tuve mucho tiempo de hacer actividades extracurriculares: Mi mamá había fallecido, y tuve que cuidar de mi hermano menor que tiene TDAH. Una vez que mi hermano creció, finalmente tuve la oportunidad de ser voluntaria en un centro para inmigrantes.

Después de ser voluntaria ahí es como si te picara un bicho. Simplemente supe que ese era el lugar en el que quería estar. Estas personas necesitan a alguien que las acompañe en este viaje tan difícil y complicado que es navegar en el sistema de inmigración de los Estados Unidos. Y como voluntaria, navegas pensando entre: “¿Tengo un complejo de salvador? ¿O realmente estoy empoderando a las personas?”

Por eso siempre digo que es un honor servir a las personas que nos toca servir. Los empoderamos guiándonos a través de este proceso legal tan complicado que está diseñado para que fracasen.

Si somos capaces de romper eso y conseguirles algún tipo de estatus legal o sacarlos de alguna situación peligrosa, para mí, eso es todo lo que me propuse hacer. Una parte muy frustrante de mi trabajo es ver cómo la gente piensa que los inmigrantes son indocumentados porque quieren serlo, y que, si tan solo hubieran seguido las reglas, o esperado en la línea, o llenado los documentos adecuados, estarían bien. Ese no es el caso. 

Perdí a mi mamá cuando tenía 17, y luego a mi papá hace cuatro años. Ha sido difícil. Pero al mismo tiempo, esta pérdida me ayuda a relacionarme con mis clientes. Ellos también han sufrido grandes pérdidas al abandonar sus países de origen.

En mis casi seis años trabajando con Las Americas, un caso que en verdad me ha impactado fue el caso de Alía y María. María y sus hijos vinieron a los Estados Unidos en el 2014 después de que su esposo fuera asesinado en Ciudad Juárez. Llegando solicitaron asilo. Mientras estaban tratando de navegar por el sistema judicial, Alía, la hija de seis años de María, fue diagnosticada de un caso muy grave de cáncer de hueso. La familia perdió el caso en una etapa muy temprana, y luego vinieron a Las Americas. Luchamos mucho, y mientras el cáncer de Alía seguía empeorando, María enfrentaba la deportación. Solicitamos a ICE que suspendiera la deportación. Dijeron que sí.

Luchamos tanto, y la dejaron quedarse por seis meses. Después, María terminó casándose con su exesposo, el cual es el padre de sus primeras dos hijas. Debido a que él es un ciudadano americano, pudimos ayudarla a obtener un estatus migratorio. Si no se hubiera casado con él, no sé cuánto más podríamos haberla protegido de la deportación. Para mí, María muestra la perseverancia de una madre que es una luchadora. Ella es el portarretrato de una refugiada que hace todo lo que puede en la peor de las circunstancias.

Linda Rivas con sus dos hijos.

Me pregunto cómo sería si en verdad contáramos con reformas de inmigración. ¿Qué significa si tuviéramos la habilidad moral para que las personas vivieran a salvo en este país, que no vivieran entre las sombras, que no tuvieran miedo a la deportación? Pienso en lo mucho que podrían crecer y florecer.

En verdad estamos perdiendo la oportunidad de honrarlos y permitirles ser parte del éxito de las comunidades alrededor del país. Muchos inmigrantes han contribuido a nuestra comunidad. Estas son personas que han criado doctores, enfermeras, y profesores. Ellos poseen y crean negocios. Veo sus vidas en un paquete cuando voy y se lo llevo al gobierno pidiendo que les concedan la ciudadanía. Para mí, ese paquete representa tanta fuerza y resiliencia.

Amo trabajar en Las Americas. Representa mucha esperanza en la comunidad; ofrece una de las primeras defensas en contra de políticas dañinas que afectan a refugiados. Sin embargo, queremos un futuro en el que Las Americas no tenga que existir. Queremos un futuro en donde la migración es un derecho humano y que sea reconocido como tal. Queremos un futuro en el que no tengamos que estar luchando constantemente—donde la batalla ya haya sido ganada. Y definitivamente ese es el futuro que soñamos continuamente. Actualmente, no estamos ni cerca del final.

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